0

Volver

La Iguana

Tercer puesto, X Premio de Humanidades de la Fundación IE.

Al despertarse de su siesta, en pleno mediodía, Saulo notó que su teléfono había perdido la señal Wi-Fi. Agh, qué ladilla este celular, pensó mientras entraba en la configuración. Rápidamente, se percató de que no había ninguna red disponible. Antes de levantarse, se preguntó si el router se habría apagado.

Se quitó la cobija de encima y puso los pies en el suelo helado. Ya era primavera, pero las baldosas de aquel apartamento siempre permanecían frías. Mirando la oscuridad a su alrededor, se cuestionó por qué levantarse de la cama. Mas, sin darse otra oportunidad para meditar, caminó hasta la sala y encontró la regleta sin corriente. Aja, se bajó el breaker, concluyó con certeza solo para encontrarse el breaker subido. Lo invadieron recuerdos repentinos del último apagón que vivió antes de emigrar. Supo que debía preguntar a los vecinos si ellos tenían luz, tal como se hacía allá para saber que el problema no era de uno cuando había apagones. Decidió arreglarse para salir a su encuentro con Erhard y ya, una vez fuera, preguntaría en la puerta de al lado. No quería perder mucho tiempo: si se había ido la electricidad, ya habría vuelto cuando él volviese en la tarde.

Apenas atravesó el umbral de su puerta, vio las luces de emergencia encendidas. Supo que la luz se ausentó de todo el edificio, pero, para confirmar, intentó llamar al ascensor, fallidamente. Más tranquilo, sabiendo que era un problema común y esperando que alguien más le encontrase solución, bajó las escaleras cómodamente. Justo antes de salir, encontró al cartero esperando en la puerta. El timbre no servía, no podía pedir que lo dejasen pasar. Tras abrirle, y mientras el hombre caminaba apurado hacía las escaleras, Saulo le comentó que se había ido la luz en el edificio. El cartero respondió cortantemente: “Sí, en toda la zona”. Así que el barrio está sin luz, curioso, pensó Saulo saliendo. Solo fue cuando llegó al primer paso de peatones y vio los semaforos negros, apagados, y a los transeúntes incomodamente dudando en cómo cruzar, que entendió la magnitud del problema.

Empezó a caminar apuradamente por la avenida. Erhard vivía cerca de la estación Colombia, podía llegarle por la línea nueve, pero tenía que andar hasta la estación más cercana, unos diez minutos. A cada paso que daba por la acera, oía más voces de desconcierto anunciando noticias tan inesperadas como imposibles. Palabras sueltas lo perseguían en su caminata, “Francia, Italia, Alemania, Holanda”, “Ciberataque”, “Los rusos”, “Acto de guerra”. Mientras Saulo casi trotaba con velocidad hacia el metro, su mente divagaba. Quizás debería intentar escribirle a Elena a ver cómo está, pensaba.

El cartel del metro, con su llamativo rombo de listón rojo, se divisó a la distancia. Solo entonces Saulo entendió que, sin luz, no habría metro. Suerte era que la 147 pasaba cerca de casa de Erhard y tenía una parada justo allí, frente a esa estación de metro. Quizás sea un poco peligroso ir en carro ahorita, sin semáforos, pensaba Saulo, pero estaba dispuesto a correr el riesgo con tal de llegar a la 1:30PM, como se había acordado. Se montó en el autobús apenas este pasó. No tardaron en vivir paradas repentinas nacidas de malentendidos entre el conductor y los peatones sobre cuándo era el turno de cada quien. Sin embargo, Saulo pensaba que, aún con estas, siendo que faltaban todavía cincuenta minutos, llegaría a tiempo. Lamentable sorpresa fue cuando el conductor se hundió en el mar de carros que inundaban la Sinesio Delgado. Una calle normalmente poco transitada se había tornado en un charco de vehículos estancados. Tomaba unos minutos moverse un par de metros y, en la última parada, el autobús se había atragantado con tantas personas como la calle con carros. Con la asfixia del gentío y la desesperación del tráfico, Saulo empezó a impacientarse. Sabía que no llegaría a tiempo así, pero no estaba seguro de qué hacer. Súbitamente, una muchacha le pidió al conductor que abriese la puerta, a pesar de que faltaban aún más de cien metros para la próxima parada. Él, cediendo a las circunstancias, lo hizo y, en un segundo de impulsividad, Saulo saltó del autobús.

Dándose la vuelta, su mirada encontró al denso bosque de personas que, por incapacidad para caminar o por esperanza de que la situación mejorase, se habían quedado en el autobús. Se sintió ofuscado por la imagen y se volteó para andar por la acera, sin mucha claridad en qué haría. De aquí a la torre son unos diez minutos, de allí a Plaza de Castilla son otros veinte, de allí a Cuzco son al menos otros veinte, y de Cuzco a Colombia son quince, estaré a una hora y algo de casa de Erhard, calculó rápidamente mientras se dignaba a caminar toda la distancia a paso apretado.

Andando por la Sinesio Delgado, volteó hacia el Parque de la Ventilla y notó una afluencia tanto de gente como de perros. Quienes no tenían nada que hacer en casa parecían haber decidido entretener el rato con su mascota. Sin desconcentrarse, Saulo siguió andando hasta que, robándole la mirada, vio a unos chicos en un carro blanco bajando su ventana y haciéndole señas al conductor de al lado. El chico que iba de copiloto sacó el puño y lo movió, proponiéndole a su vecino conductor un juego de piedra, papel o tijera. Sacando papel, el chico perdió, todos rieron. Las almas en el hastío del Estigio, o de la Sinesio, parecen volverse más juguetonas, sonrió Saulo pedantemente.

Justo antes de terminar la calle, volteó un momento y encontró, a la distancia, el autobús que lo llevaba. Se había vuelto un detalle perdido en la colorida pintura de la Sinesio Delgado y del Parque de la Ventilla, inundadas de carros, gente, perros. En diez minutos aún no había avanzado ni a dónde él había llegado en los primeros diez pasos.

Llegó a Castellana. Pensó por un segundo en ir a la torre, mas supo que, sin luz, nada lo esperaría allí: no habría cómo entrar, ni cómo subir. Siguió, entonces, caminando solo con la idea de llegar a Cuzco lo antes posible. Pero, a medida que se aproximaba a las fronteras de Plaza de Castilla, la densidad de transeúntes iba encharcando la acera, ralentizando sus pasos. Una multitud, de mezclada confusión y risas, iba apoderándose de la calle. Protegido por las sombras de los árboles que dan a la avenida, el mar de individuos resaltaba con risas de jóvenes preguntándose qué hacer con su día, de treintañeros hablando de cómo volver a casa andando con zapatos de vestir, de señores celebrando el desconcierto en un bar con cerveza aún fría.

Viendo las jarras frías y sintiendo el Sol inclemente posándose en su camisa oscura, Saulo añoró un vaso de agua. Pero, con solo diez euros en el bolsillo, pensó que no podía permitirse gastar dinero. Ahora que los datáfonos no servían, esos diez euros tenían que valerle para todo el día y, sin ellos, estaría desnudo.

Habiendo llegado a Plaza de Castilla, se percató de que, sin teléfono para avisarle, Erhard no se daría cuenta cuando él llegase. Inmediatamente sacó su celular, entró en WhatsApp y le dejó un mensaje, con la esperanza de que, en algún momento, lo recibiese y algo se le ocurriese para darle la bienvenida. Pero, por encima de todo, apresuró el paso. Un leve presentimiento le susurraba a Saulo que, de tardar mucho, su amigo creería que no vendría y, una vez allí, no habría quien para recibirlo. Ni de vaina me voy a caminar esta pateada de vuelta vistiendo esta camisa y con esta pepa de Sol, pensó Saulo mientras sus pasos se deslizaban por la longitud de la avenida.

Llegó a Cuzco sin percatarse, con la sorpresa de quien descubre que la infinidad de un kilómetro son apenas unos minutos caminando. Sin saber con certeza a dónde dirigirse, y siguiendo su afortunada intuición, giró hacia el Este por la Alberto de Alcocer. Cualquiera diría que Saulo llevaba toda su vida en aquella ciudad, aún cuando no la habitaba ni hacía un lustro. Siguió caminando, guiado por aquella orientación tácita, pero con la incertidumbre incesante de no saber dónde detenerse. Sé que es esta calle, pero no tengo ni idea de a qué altura era, Saulo pensaba mientras miraba paranoicamente a cada esquina, buscando una señal divina que le dijese “¡Era aquí!”. Sin encontrarla, seguía andando y su preocupación crecía. La avenida se inundaba de vehículos como el río estancado que se había formado en la Sinesio Delgado, todo mientras las aceras se anegaban con las mesas de bares, repletas de hastiados conciudadanos que decidían pasar su tarde de desconexión entre cañas y tapas. Ni con estas los de la hostelería podrán tomarse el día libre, pensaba Saulo mirando a los mesoneros migrar corriendo entre los destellos de la terraza y la oscura caverna del bar sin luz.

Viendo que se le acababa la avenida, Saulo se detuvo en seco, sacó su celular y halló el vacío de sus chats y el incierto destino de mensajes sin enviar. Subió la mirada, desesperanzado. Una leve brisa le susurró que se tendría que devolver a su casa. Tan solo pensar en la media vuelta le corroyó un trozo de alma. Pero, interrumpiendo su pensamiento intrusivo, la figura de Erhard en un banco de la calle, sentado leyendo, lo liberó.

-Hey, mano.

-Hi.- Erhard sonrió con tranquilidad al verlo

-¿Qué hacías aquí?- Saulo le preguntó, con ilusión en su voz

-Esperando a que tú o Korina llegasen. No tiene sentido estar sentado en el apartamento, solo, sin luz.

Saulo pasó junto a Erhard por el portal, que estaba en frente a dónde él se había detenido, de nuevo por fortuna de una orientación intuitiva. Al pasar, los saludó el portero con un estridente acento argentino. Subieron a pie los cinco pisos hasta el apartamento, casi cayéndose Saulo en los primeros escalones sin luz. Las linternas de sus celulares guiaron el resto de pasos.

-¿Has comido? ¿Quieres un poco de queso cottage?- preguntó Erhard apenas Saulo había atravesado la puerta y empezaba a quitarse los zapatos

-Em, no, no, no hace falta, comí antes de venir, gracias.

-No te preocupes, te lo sirvo, si no se daña igual.- decía Erhard mientras habría la puerta de la nevera, sacaba dos botecitos de queso cottage y dos latas de CocaCola. Saulo no tuvo más opción que aceptar

Sentados en la mesa de la sala, empezaron a hablar entre risas que rutinariamente se rompían para desvelar una creciente preocupación. Erhard le contó que Korina estaba en el metro y se quedó atrapada por al menos una hora, pero aún no tenía más información de ella. Saulo se sintió afortunado de haber salido más tarde de su casa de lo que tenía planeado.

Por un instante, la señal volvió al teléfono de Saulo y éste, sin dudar, abrió el navegador y buscó las noticias. Encontró tranquilizadores titulares hablando de Portugal y España solamente, no de una caída en toda Europa. Pero, los reportajes eran escasos y disonantemente hablaban de la energía volviendo a ciertas partes del país, aún cuando en la ciudad reinaba su ausencia.

-Lo más raro- decía Saulo- es que la red eléctrica no es un sistema que tenga un solo punto de fallo. No hay un solo cable que conecte todas las centrales hidroeléctricas, fotovoltaicas y caloríficas a la red… ¿Cómo puede caerse todo el sistema así?

-Sí… ¿Sabes? Hay una ley que narra “Si algo existe desde hace tiempo, seguramente exista mañana”, el efecto Lindy se llama.

-¿Qué quieres decir?

-Piénsalo así: si un libro existió durante siglos, seguramente en diez años siga existiendo y…

-Sí, sí, lo entiendo. Pero, ¿qué quieres decir ahorita?- Saulo interrumpió

-Que esto va pa’ largo.- Erhard concluyó sonriendo tranquilamente- Tu sabes de sistemas. Cuando construyes un sistema y algo falla tienes dos o tres cosas que sabes que pueden haberse roto. Probar las tres te toma una, dos horas quizás. Luego, si no se resuelve, ya no sabes qué puede ser. En esas estamos. Seguramente los responsables no saben ya qué probar.- Saulo estaba atónito con el oximorón de la calmada desesperación confesada en las palabras de Erhard

-Ay, Dios, es todo por la maldita iguana…- Erhard lo vio extrañado, Saulo se reía entre la nervios- Allá, cuando pasó esta vaina y se fue la luz por tipo una semana, dijeron que una iguana había jodido los cables.

Repentinamente, se abrió la puerta. Korina entró, jadeando. Erhard se rió de ella, con ligera crueldad, mientras le decía que tenía que mejorar su cardio. Ella se rió sarcásticamente, saludó a Saulo, y se sirvió un vaso de agua.

-No puede ser que esto esté pasando, estamos en una de las capitales de Europa.- La voz de Korina, aunque firme, revelaba la ansiedad que había aflorado en ella- Agh, siento que estoy todavía al borde de un ataque de pánico. Estábamos en el metro, la línea seis, que de por sí no me gusta, y se detuvo todo. El vagón frenó en seco, las luces se apagaron, si pasaba medio segundo más, hubiese empezado a gritar. Al menos se encendieron las de emergencia. Pero, pasaba el tiempo y nadie nos decía nada. Solo las putas vocinas sonaban cada cinco minutos diciendo la imbecilidad de “Queridos viajeros, les informamos que el tren se ha detenido por una avería ajena a Metro”.- Korina imitaba la voz con burla y rabia- Llegó un momento en que me tuve que sentar en el piso. El aire era demasiado pesado y necesitaba un poco del aire más fresco que se acumula abajo.

-¿Y cómo los sacaron?- Saulo preguntó, curioso y preocupado. No se podía imaginar a sí mismo en esa situación sin bordar la locura

-Abrieron las puertas.

-¿Pero no estaban en medio del trayecto?

-Sí, tuvimos que caminar por las vías hasta la próxima estación.- Korina sacó su celular y mostró las fotos. Erhard las miró con ligero interés, Saulo las observaba asombrado

-Bueno, Koko,- Erhard se dirigió a Korina- Saulo y yo habíamos pensado en bajar a tomar algo en el bar, ¿qué mejor manera de pasar el fin del mundo que con unas cervezas?

Tras ver la inundación de carros que ocupaba la avenida, se sentaron en la primera terraza vacía que vieron, solamente después de preguntar si la cerveza aún estaba fría. Erhard y Korina pidieron una jarra cada uno, Saulo se limitó a una cerveza sin alcohol, a disgusto de sus amigos. Las palabras no faltaron por las siguientes dos horas, aunque interrumpidas por incómodas sirenas, de ambulancias, de bomberos, de policías. Los tres hablaban alegres, pero los aullidos de las luces azules despertaban esa duda tácita sobre cuál sería el límite de todo esto. Korina y Erhard le insistían a Saulo sobre una película apocalíptica que debía verse, luego saltaron a hablar sobre lo que necesitarían acumular en su búnker, sobre las causas del apagón, sobre lo qué ocurriría cuando llegase la noche. Korina insistió a Saulo sobre quedarse en el apartamento con ellos aquel día y sobre tomar un dinero en efectivo que le prestarían. Él no quería aceptar, aunque tampoco quería verse desnudo de dinero ni volver a casa caminando ni, mucho menos, pasar la noche en su apartamento, solo. Pensaba que, de tener que hacerlo, no dormiría por los saqueos. Sin conocer exactamente sus pensamientos, pero viendo la inquietud confesarse en sus ojos, Korina siguió insistiendo.

En cierto momento, ella se levantó para ir al baño. Erhard se terminó su tercera caña y, viendo la mitad de jarra que le quedaba a su ausente novia, la intercambió por la suya. Tras el primer trago, le preguntó a Saulo por qué pensaba que habría tanta gente con maletas. Él, sin haberse fijado antes, miró alrededor y encontró al menos tres o cuatro transeúntes andando con voluminosas maletas de veintitrés kilos. Respondió que seguramente estarían intentando llegar al aeropuerto, o se les habrían cancelado los vuelos y no les quedarían noches en el hotel. Erhard, suspicaz y escéptico, contestó que no debía ser, que nunca había tantos turistas por allí. Añadió que, además, era obvio lo inútil de ir al aeropuerto, insistiendo que intentarlo era sencillamente estúpido. Korina, al volver, se quejó sobre su nueva jarra vacía. Erhard, dándole un último sorbo a su cerveza robada, le devolvió la caña y dijo que no había pasado nada. Un poco irritada, ella la aceptó de vuelta.

Dentro del bar, Korina había preguntado por comida para almorzar. No tenían nada más que unas pocas tapas. Sin luz, no hay cocina, le dijeron. Además, la gente de dentro del bar parecía estar empezando a ponerse histérica, señaló. Su comentario enervó a Saulo, aunque Erhard apenas reaccionó hasta que ella añadió que la cerveza se les había empezado a calentar. Se disponían a marcharse decepcionados, a regresar a las trincheras del apartamento, cuando Saulo notó, escabulléndosele por el rabillo del ojo, a un señor con una barra de pan de molde y una bolsa de supermercado llena. Lo comentó y Erhard no tardó en concluir que debía ser el hipermercado de arriba, que quizás siguiese abierto. Habiendo perdido su última oportunidad para disfrutar de cerveza fría, pagaron con efectivo una cuenta hecha a mano y calculadora, y salieron hacía el hipermercado.

Saulo apretó el paso, intentando apurar a sus acompañantes. Él, tan pequeño, y sus amigos, cada uno sacándole al menos cabeza y media, se confundían por una pareja de padres andando junto a su hijo, impaciente e irritante, intentando presionarlos para caminar más rápido. Saulo no podía evitar sentirse así cuando los veía, torciendo el cuello hacia arriba, y percibiéndolos tan más preparados para la vida. Pero, ahora, lo único que le importaba era arribar al hipermercado antes de que potencialmente lo cerrasen.

Cuando entraron por las puertas no esperaban ver, por primera vez en horas, luz eléctrica. Saulo señaló que tendrían un generador, pero que dudaba que los datafonos funcionasen. Y, a pesar de su duda, sí lo hacían. Se contentó al saber que podría pagar sus propias compras sin depender del dinero prestado.

Pasaron a buscar lo que creían necesario. Lo primero, y esencial, fue ir a la sección de vinos, donde Erhard insistió en aprovechar la oferta de dos botellas por el precio de una para acumular cuatro en total. Saulo, en cambio, no tomó nada. Siguieron hacia la sección de embutidos, donde Erhard halló la frustración de los ausentes fuets. Se los habían llevado todos, pero buscó alguna otra carne que llevarse. Saulo, en cambio, no tomó nada. Mientras tanto, Korina investigó la sección de verduras, tomando todo lo que creía iban a necesitar por un par de días: pimentones, cebollas, pepinos. Saulo, en cambio, no tomó nada.

Mientras andaba hacia el hipermercado, Saulo sufría la necesidad de acumular la comida que lo sustentaría durante estos días. Mas, al llegar, no era capaz de pensar en algo que realmente necesitase. Sufría ahora la incertidumbre de alacenas repletas, un impulso de aprovisionar, y nada que sintiese necesario. Únicamente podía traer a su mente la imagen de una barra de pan. Cuando Erhard le preguntó qué quería, como un padre a un hijo, él contestó que iría por el pan, singular pensamiento en su mente. Fueron juntos, cada uno a buscar el suyo. Y, frente a las tantas opciones, Saulo decidió tomar dos barras de pan de molde, una de semillas y una de centeno.

-Aja, Erhard, ¿conseguiste tu pan?- Saulo preguntó una vez él tenía sus dos barras entre brazos, como dos bebés, hijos de su mente impulsiva materializada

-No, mira, ¡todas las barras volaron!- Erhard apuntaba a la sección de panadería fresca, donde no quedaba más que el recuerdo de panes y panecillos

-No, vale, pero Erhard, tú no quieres ese pan, esa vaina está dura pa' mañana. ¡Tú necesitas es la vaina más ultra procesada posible!- Saulo se burlaba, disipando su previo malestar

-Fuck off!

Cargando las cosas entre los tres, volvieron al apartamento. Mientras Korina y Erhard organizaban el mercado en la nevera, Saulo se había sentado en la mesa de la sala, pensando. Korina dijo que tenían que empezar a aprovisionar agua, pues en cualquier momento dejaría de fluir por las tuberías. Saulo recordó lo qué solían hacer antes de migrar: llenar tobos y bañeras con agua apenas se iba la luz. Aquí, sin embargo, no había esos utensilios. Así que, al final, propuso una ley a cumplirse bajó la jurisdicción de las cuatro paredes de aquel apartamento: todo recipiente que pueda llenarse con agua, se llenará con agua. Erhard puso sobre la mesa todos los vasos, uno a uno, y los llenó con agua de la jarra. Saulo sacó las ollas e hizo lo mismo. Hasta los floreros vacíos habían hallado una nueva utilidad. Y, cada vez que alguien tomaba un sorbo de agua de su vaso, Erhard corría a rellenarlo.

Korina se percató repentinamente de que se habían olvidado de algo esencial: las velas. Dijo sentirse decepcionada de sí misma, tantos años oyendo a sus papás hablar de cómo gestionar estas crisis y ella viene a olvidarse de lo primero y más esencial. Erhard y Saulo salieron de nuevo, buscando unos chinos. Al andar, iban conversando y oyendo a la gente de la calle conversar. Saulo le hacía el favor a su amigo de traducir. No eran pocas las afirmaciones de que esto se extendería varios días. Saulo, bromeando, dijo que quizás deberían buscar un carro e irse hasta Francia. Pero, al mirar alrededor, encontraban también niños jugando en la calle, parejas paseando, gente caminando tranquilamente junto a su perro. Una situación desconcertante había sembrado tal impotencia en la mayoría que, sencillamente, los había empujado a buscar un día más tranquilo. Saulo padecía la disonancia de un mundo inundado de calma y manchado de incertidumbre.

Al llegar a los chinos, las manchas se acentuaron. Había una fila de diez personas esperando fuera de la tienda, que se veía como un agujero sin luz, con puertas automáticas cerradas y una guardiana escondida entre las sombras. La dueña de la tienda abría, con el palo de una escoba, las puertas automáticas y preguntaba al siguiente en la fila aquello que deseaba, como un vendedor ocultista. Si lo tenían, te dejaban pasar; si no, te marchabas. Por suerte para Saulo y Erhard, aún restaban unas pocas velas en el bazar.

Al volver, Erhard insistió en abrir la botella de vino. Korina hizo caso mientras comentaba:

-¡Lo único que me preocupa es que es el fin del mundo y Saulo está sobrio!

Poca opción le quedó a Saulo ante estas palabras. Sirvieron una copa a cada uno y brindaron: ¡Por pasar juntos el fin del mundo! Reían. Korina dijo, de repente, que había solucionado el misterio de las maletas: viendo por el balcón se fijó que alguien abría una y estaba repleta de comida. La fachada calmada de los transeúntes escondía una sospecha de que esto duraría días y que empeoraría rápidamente.

Con las copas de vino en mano, a la luz de las velas, Korina sacó un cuaderno y un bolígrafo. Dijo que había que apuntar todo lo que necesitarían para montar su búnker, ahora, antes de que se les olvidará. Empezaron: un generador, comida enlatada, mucho combustible. ¿Cuánto? Saulo decía que debían tener un segundo búnker, del tamaño del primero, completamente inundado de combustible. Korina discutió que era demasiado, pero Erhard se posicionó con su amigo: la disputa se había resuelto democráticamente. Siguieron: muchísima agua, una mesa de pool y juegos de mesa, una computadora con juegos instalados en local, una consola, libros, velas. ¿Por qué velas? Korina dijo que las necesitarían, pero Erhard argumentó que con el generador bastaba. Saulo, en vez de tomar la decisión final, cambió de objeto diciendo que necesitarían armas. Korina apuntó.

Con el juego, la noche había empezado a caer. Finalmente, el tema que Saulo había evadido a propósito se hizo evidente. Korina, sin proponérselo, mandó a Saulo a quedarse con ellos, como una madre a su hijo. Él, poco encantado con irse ahora, aceptó avergonzado y su vergüenza sólo creció cuando ella tomó del cuarto una camiseta y un pantalón de pijama de Erhard para que él pudiese dormir.

Salieron todos al balcón a ver la noche. En las aceras solo existían luces fantasmales desplazándose con velocidad. Los edificios se observaban como siluetas agigantadas en la oscuridad oceánica que empapaba cada rincón de la ciudad. Cada silueta tenía pequeños y numerosos ojos amarillentos que confesaban una vela. La voz de la ciudad era de sirenas y silencio.

Con decepcionante nostalgia, Saulo miró al cielo con la frustrada esperanza de encontrar estrellas. Ni la falta de luces las traía de vuelta. Mas, viendo hacia el final de la avenida, notó que el hotel que allí se hallaba tenía las luces de su cartel encendidas. Qué mala publicidad, pensó, toda la ciudad hundida en la penuria y ellos tienen la energía justa para hostigarnos con su publicidad. Pero, antes de que Saulo pudiese gesticular este pensamiento, la luz de cuatro farolas en la acera se encendió. Un eterno segundo de sorpresivo silencio siguió y, antes de la reacción de todos, mitad de los apartamentos se iluminaron. Gritos resonaban por toda la avenida. Saulo volteó a mirar a Korina, ella sonreía. Se oyó, a la distancia, un grito: “¡Viva España!”. Saulo gritó: “¡Viva España!”. Korina, riendo y con su acento extranjero, lo siguió. Erhard sonreía. La jornada se terminaba.

En mitad de la madrugada, Saulo se despertó en una de sus vigilias rutinarias. Vistiendo la ropa de Erhard, miró el cuarto ajeno a su alrededor. Sabía que había soñado, pero no recordaba nada. Solo alcanzó a recordar que, en alguno de sus sueños, apareció una iguana.

F.V., 2025